sábado, 28 de marzo de 2026

Nuestro Rubén

En el aniversario de la Organización de Pioneros José Martí y de la Unión de Jóvenes Comunistas, quiero hablar de un joven excepcional, un eterno joven, porque tenía sólo 33 años al morir

Rubén Martínez Villena, ¨el de la pupila insomne¨ y ¨el sainete póstumo, nació en Alquizar, el 20 de diciembre de 1899 y murió en La Habana, 16 de enero de 1934: o sea, hoy no se conmemora un aniversario más su natalicio, ni de su deceso; sin embargo, siento la necesidad de hablar de él.

Desde que era una adolescente me conmovió esta figura, poeta, revolucionario, comunista y extremadamente joven. Sentí el magnetismo de su personalidad como si lo hubiera conocido, aunque sólo oí hablar de él en mis clases escolares y en los libros de texto.

Su vida fue muy corta, si se compara con lo mucho que deseaba entregar a sus semejantes y la mayor parte de ella estuvo aquejado por una terrible enfermedad. El tratamiento efectivo de la tuberculosis comenzó en 1946 con la estreptomicina, y se consolidó en 1952 con la introducción de la isoniacida. Rubén no tuvo ninguna oportunidad.

Virtuoso intelectual, fundamentalmente autodidacta, aunque estudio en la Universidad de La Habana, la carrera de Derecho, hizo uso de este oficio, fundamentalmente defendiendo y asesorando a obreros y a su movimiento. Pero, su infinita sensibilidad humana lo obligaba a acudir constantemente a la literatura. No se consideraba poeta porque su compromiso social y su liderazgo político le atraían más, llegando a convertirse en la razón de su corta vida; sin embargo, escribió versos que me siguen emocionando más allá de su vida y de su muerte.

 

A pesar de sus logros sobresaliente en las tareas a las que dedicó su vida, a mi me gusta acercarme a la sensibilidad del hombre extraordinario que hizo posible estos versos.

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;

y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

 

  

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