En el aniversario de la Organización
de Pioneros José Martí y de la Unión de Jóvenes Comunistas, quiero hablar de un
joven excepcional, un eterno joven, porque tenía sólo 33 años al morir
Desde que era una adolescente me conmovió esta figura, poeta, revolucionario, comunista y extremadamente joven. Sentí el magnetismo de su personalidad como si lo hubiera conocido, aunque sólo oí hablar de él en mis clases escolares y en los libros de texto.
Su vida fue muy corta, si se
compara con lo mucho que deseaba entregar a sus semejantes y la mayor parte de
ella estuvo aquejado por una terrible enfermedad. El tratamiento efectivo de la
tuberculosis comenzó en 1946 con la estreptomicina, y se consolidó en 1952 con
la introducción de la isoniacida. Rubén no tuvo ninguna oportunidad.
Virtuoso intelectual, fundamentalmente
autodidacta, aunque estudio en la Universidad de La Habana, la carrera de Derecho,
hizo uso de este oficio, fundamentalmente defendiendo y asesorando a obreros y
a su movimiento. Pero, su infinita sensibilidad humana lo obligaba a acudir
constantemente a la literatura. No se consideraba poeta porque su compromiso
social y su liderazgo político le atraían más, llegando a convertirse en la
razón de su corta vida; sin embargo, escribió versos que me siguen
emocionando más allá de su vida y de su muerte.
A pesar de sus logros
sobresaliente en las tareas a las que dedicó su vida, a mi me gusta acercarme a
la sensibilidad del hombre extraordinario que hizo posible estos versos.
Te vi de
pie, desnuda y orgullosa
y
bebiendo en tus labios el aliento,
quise
turbar con infantil intento
tu
inexorable majestad de diosa.
Me
prosternó a tus plantas el desvío
y
entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí
con besos una hiedra
que
fue subiendo al capitel sombrío.
Suspiró
tu mutismo brevemente,
cuando
en la sed del vértigo ascendente
precipité
el final de mi delirio;
y
del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y
sucumbió tu majestad gimiendo.
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